Emilio, Un angel con un propósito de vida.

En enero del 2021 me enteré de que estaba embarazada. ¡La emoción era enorme! No podíamos creer que pronto seríamos una familia de Cinco.

Empezaron los síntomas normales del embarazo. Ascos, insomnio, sueño.... lo “normal” y “esperado”. En la semana diez fuimos al doctor y en el ultrasonido pudimos ver el corazón del bebé y todo era lo “normal” y “esperado”. Compartimos la noticia con las niñas, la familia y amigos. Todos estábamos muy felices.

En la semana doce, exactamente el primero de marzo, recibimos una noticia que cambió nuestra manera de ver la vida para siempre. Llegué a mi cita para ver lo “normal” y lo “esperado”. Iba sola porque por el COVID, mi esposo no podía acompañarme a ninguna cita. Cosa que ya era frustrante en un embarazo “normal”. Por la cara de la mujer que me hizo el ultrasonido y sus pocas palabras, sentí que algo no estaba bien, algo en mí lo supo. De una manera muy parca sólo me dijo: “ya sé qué es, ¿quieres que te diga? Es un niño.” Sentí una gran emoción, porque en el fondo moría de ganas de que fuera niño.



Me pasó a un cuarto para hablar con el doctor y ahí supe que lo que estaba pasando en ese momento no era lo “normal” o “esperado” sino todo lo contrario. Empecé a sudar, no podía respirar con el tapabocas. Entonces entró el doctor. Jaló una silla y se sentó cerca de mí. En ese momento supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Le dije: “¿es malo verdad? ¿Muy malo?” Con los ojos llenos de lágrimas y con un abrazo me contestó lo que un papá y una mamá NUNCA quisiéramos oír: “Tu bebé viene mal, está muy enfermo. Tiene una condición cromosómica, no sé exactamente de qué se trata, pero hay un especialista que te puede recibir en este momento.”No me acuerdo bien de lo que pasó después, entré en un estado de consciencia diferente. Entre dormida, despierta, trauma, shock... el doctor le tuvo que hablar a mi esposo para explicarle lo que estaba pasando porque yo no podía ni agarrar el teléfono, pero por más que él insistió, no había manera de que pudiera entrar al hospital para acompañarme. Sé que todos estamos hartos del COVID, pero nunca había estado tan harta como ese día.

Sola y como pude me fui a ver al especialista. Me acuerdo de ir pensando mientras manejaba : “Tiene síndrome de down. Va a estar muy difícil pero no imposible, con la ayuda de Dios vamos a salir adelante, no seremos ni los primeros ni los últimos en tener un bebé con este síndrome y saldremos adelante como familia.” Trataba de encontrar consuelo y de pensar positivo. El doctor me recibió muy rápido y me confirmó al ver el ultrasonido la gravedad del asunto; me dijo que al parecer mi bebé tenía un síndrome llamado Trisomía 18 o síndrome de Edwards y que tristemente era incompatible con la vida. Todavía no me acuerdo bien de los detalles. Sólo sé que las palabras “incompatible con la vida” jamás se me van a borrar de la cabeza. Me fui a mi casa con un montón de papeles para “informarnos” sobre el problema que tenía el bebé y con la frase: “Platícalo con tu esposo y vean que deciden. En estos casos la gran mayoría decide terminar con el embarazo, ya que el bebé no tiene probabilidades de sobrevivir.”

Manejé como pude de regreso a mi casa. No sé cómo no choqué en el primer poste. Me temblaba todo.

Llegué y mi esposo me estaba esperando en las escaleras de la puerta. Nos dimos el abrazo más grande que nos hemos dado en la vida. Lloramos horas. Después del shock empezamos a leer los papeles con la información.


Mi esposo y yo decidimos seguir con el embarazo. Sabíamos que no iba a ser una una decisión fácil, y que nos íbamos a enfrentar con un gran reto, pero estábamos dispuestos a que la decisión la tomara Dios y que nuestro bebé estuviera el tiempo que quisiera con nosotros. Sin duda tuvimos que abandonarnos en las manos de Dios y confiar. No es nada fácil. Siempre decimos como católicos que tenemos fe. Diariamente rezamos el Padrenuestro repitiendo la frase “hágase TU voluntad en la Tierra como en el Cielo.” Pero, ¿realmente lo pensamos? ¿realmente ponemos nuestra vida en Sus manos? ¿O solamente repetimos la frase que aprendimos desde niños sin saber el significado que tiene? Hasta ese día supe lo complicado que era como seres humanos, aceptar la voluntad de Dios y mucho menos confiar en que Él hace todo por alguna razón y que debemos estar en paz con eso.


Mucha gente me decía que habíamos escogido el camino más difícil. Nos cuestionaban, sobre todo a mí, que por qué queríamos pasar por todo esto, el embarazo, la ilusión de mis hijas al ver mi panza crecer, ver a nuestro bebé sufrir al nacer, etc. Nosotros pensábamos todo lo contrario. Para nosotros iba a ser mucho más difícil vivir pensando en que no le dimos la oportunidad a nuestro hijo de estar con nosotros el tiempo que decidiera estar. Sabíamos que era la decisión que nos iba a dar paz a lo largo de los años. Era el momento de enseñarles a nuestras hijas el respeto y el amor a la vida. Y teníamos la gran oportunidad de hacerlo sin usar las palabras , sin usar ejemplos de películas de Disney que tuvieran un “lindo mensaje”, sin usar libros que al final tuvieran una “gran enseñanza.”Era la oportunidad de enseñarles con nuestro ejemplo que el amor a la familia y a los hijos es lo más importante, que un matrimonio fiel es estar juntos en las buenas y en las malas, en la salud de los hijos y también en su enfermedad. Que la vida se ama y se respeta. Emilio puso en nuestras manos la oportunidad de enseñarles las virtudes de la paciencia, la fe, la esperanza y la caridad de una manera directa. Porque si algo tuvimos que hacer durante 24 semanas fue ser pacientes, vivir el hoy y el presente sin que el pensamiento echara a volar al futuro. Si esto pasaba, tratábamos de inmediatamente regresar al aquí y al ahora. A través de Emilio pudimos enseñarles que la vida no es fácil, pero que hay que ser valientes y confiar en Dios. Que vieran que, como madres que van a ser, si es que así lo deciden, el dolor físico y la incomodidad tienen un sentido más allá, y que las pruebas que nos pone Dios darán frutos que se verán a lo largo de nuestras vidas, frutos que sin duda se multiplicarán en la vida eterna. En fin... tantas cosas que un embarazo “incompatible con la vida” como el de Emilio puede venir a enseñarnos.


Nos dijeron que la mayoría de estos bebés se pierden en algún punto del segundo trimestre de embarazo. Pero no sucedió, la incertidumbre siguió durante 24 semanas más. 24 semanas llenas de dolor y de angustia, en las que no podíamos evitar preguntarnos :¿por qué? ¿por qué a nosotros? Y nos enfocábamos a lo que siempre nos han dicho, mejor pregunten el ¿para qué?


Tratamos de llevar una vida “normal”, siguiendo con la rutina y las actividades de las niñas, siempre con la angustia de no saber en qué momento íbamos a perder al bebé, era un pensamiento constante.

Pero no todo fue malo. Sin duda esas 24 semanas pudimos replantearnos muchas cosas. Nos dimos cuenta de que tener dos hijas sanas era un verdadero milagro. Que teníamos mucho por lo que estar agradecidos, principalmente por el cariño y el amor de nuestras familias y amigos, que no dejó de manifestarse de distintas maneras a lo largo de este doloroso proceso. Aprendimos a disfrutar más la vida y las pequeñas cosas que nos hacen felices. Nos dimos cuenta de que la felicidad es en verdad una elección, y de que el dolor como dicen, es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Sufrimos sí, por supuesto que sufrimos, pero nunca nos dejamos caer. Nos agarramos de la mano de Dios y de la Virgen. Salimos adelante por nuestros tres hijos. Yo salí adelante por ellos y por el gran ser humano que tengo a mi lado, el papá de mis hijos. El fue mi mayor bendición dentro de este capítulo tan doloroso. La pérdida de un hijo es el único duelo que puedes vivir juntos como papás, es algo que te une de una manera diferente y muy especial. Aún así cada uno lo vivió de forma distinta, con sus propios procesos, pero sin duda nos acercó más, cosa que no dejo de agradecer. Tuvimos que crecer a nivel espiritual y como matrimonio a marchas forzadas. Nadie nos preguntó si queríamos pasar por esto, sin embargo lo hicimos lo mejor que pudimos, y creo que no lo hicimos tan mal dadas las circunstancias.


Ahora creo más que nunca en la frase : “Dios no te manda algo que no puedas ser capaz de soportar.” Durante 24 semanas pensé que no iba a poder más, que en algún punto me iba a volver loca o que llegaría un momento en el que no me iba a poder parar de la cama de la tristeza. Pensaba que no iba a poder enfrentar el parto y lo que siguiera. Pero no fue así. Dios nos dio las fuerzas necesarias para salir adelante.


Cuando llegó el momento de conocer a Emilio en la semana 36, curiosamente fue el día en el que estuve más en paz y tranquila . Tenía miedo, pero definitivamente no fue el punto más bajo de los últimos 6 meses. Emilio, cuyo nombre significa “amable”, fue todo eso y más ese día. Nació sin vida después de un parto fácil y sin dolor. Lo pudimos bautizar, conocer, cargar y abrazar. Sus hermanas pudieron ponerle cara y despedirse de él.


Emilio estará siempre con nosotros, nunca olvidaremos su paso por este mundo, que aunque breve, nos enseñó lo que nunca hubiéramos podido aprender en años.



¡Gracias chamaquito! (Como te dice tu papá) Gracias Emilio, nuestro gran maestro.


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