Escuchando desde el Corazón, Mente y Cuerpo.

Actualizado: 12 ago



He conocido a Alexa durante toda mi vida. Esta vez me llamó usando un tono de voz suave, donde al instante pude reconocer que algo no estaba bien. Cuando nos juntamos, su necesidad de hablar y expresarse era evidente. La vida le había cambiado de un día para otro.

En cuestión de segundos, al escucharla pude reconocer a mi parte lastimada, aquella “niña interior” que rápidamente saltaba y se preparaba para decirle qué cosas había que hacer y cómo había que actuar.


Pero esta vez existía una voz mucho más fuerte y desarrollada que la de mi niña interior. Pude hacer una pausa y escuchar. Permanecí en mi cuerpo, abrazando mi propia vulnerabilidad que, en varias ocasiones, cuando era niña, permaneció descubierta y sin refugio. En ese instante comprendí que mi necesidad de querer “arreglar” venía de una incapacidad de sentir mi propia vulnerabilidad. Esta necesidad tenía origen en la dureza con la que había crecido. Un tiempo en donde se subestimó el poder del corazón, abandonándolo por completo y sobrevalorando el limitado poder de la mente

El tiempo, la vida y el resultado de la madurez me han regalado un espacio dentro de mí, capaz de contener y dar palabras, junto con una conciencia que ha sido desarrollada con trabajo constante y presencia. Finalmente estaba escuchando a través de mi cuerpo, de mi corazón y de mi mente.

Hoy, el dolor de Alexa buscaba intuitivamente un corazón abierto, un lugar seguro donde fuera capaz de expulsar y liberar todo su dolor e insatisfacción dentro de ella. Ella habló y yo escuché. Con la suavidad de mi voz y mi presencia activa, sus emociones se movían a sentimientos, sus sentimientos duros y determinantes se ablandaban a unos más suaves, su enojo parecía transmutar en tristeza. Pronto apareció una perspectiva más amplia. Pude ver a Alexa por lo que es, un ser humano completo con el potencial de volver a la vida fuerte y con resiliencia.

Por primera vez y sin esfuerzo, al escuchar a Alexa, no puse mi propiedad en ella ni en nadie. Más bien servía a la evolución misma, aquel desenvolvimiento natural que sin buscar “controlar” sucede.

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